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La salud no es un juego

¿Te imaginas levantarte una mañana con fuertes dolores de cabeza y sangrado de nariz y que al acudir al centro de salud no sólo te nieguen la asistencia sanitaria sino que te amenacen con llamar a la policía? ¿Qué harías si estás embarazada y al intentar concertar una cita con el médico para que dé seguimiento a tu embarazo te dijeran que no tienes derecho? Estos son algunos de los casos que las organizaciones integrantes de REDER documentan a diario. Estas son algunas de las historias reales que protagonizaron el “juego” en el que invitamos a participar a aquellas personas que se pasaban por la plaza de Pedro Zerolo en Madrid la mañana del 20 de abril.


La idea era sencilla. Cada persona recibía una breve ficha en la que se le informaba de su edad, sexo, nacionalidad, situación administrativa y problema de salud. Con dicha información debían intentar obtener asistencia sanitaria ante las distintas instancias puestas en escena por personas voluntarias de REDER (Centro de Salud, Urgencias, INSS, Trabajo Social). De este modo las y los participantes experimentaban el periplo de negativas, desinformación e incluso xenofobia que deben afrontar miles de personas en nuestro país desde la entrada en vigor del Real Decreto-Ley 16/2012.


Personas como Gabriela, una chica boliviana de 17 años que vive en España desde hace algo más de un año. Gabriela acude al centro de salud con fiebre alta y diarrea, preocupada porque su padre está ingresado hace algunos días y ha sido diagnosticado con la enfermedad de Chagas. En el mostrador del Centro, la persona que atiende a Gabriela le dice que no tiene derecho a la asistencia por carecer de tarjeta sanitaria – a pesar de que el propio RDL prevé que las y los menores deben recibir atención sanitaria en las mismas condiciones que las personas de nacionalidad española. Desde la ventanilla de admisión del Centro de Salud le indican que su única alternativa para recibir asistencia es acudir a urgencias del hospital. Debilitada por su estado de salud Gabriela se dirige entonces a urgencias para encontrarse que allí le dicen que la atenderán pero que tendrá que pagar 180 euros por dicha atención.


No fue fácil tampoco ponerse en la piel de Alí, de 30 años y nacionalizado español de origen pakistaní. Cuando su padre – que vive con Alí en situación de reagrupación familiar (y por tanto regular) – sufre una angina de pecho, su hijo le lleva al hospital donde es ingresado. Para su sorpresa en el centro le dicen que al no tener su padre tarjeta sanitaria tendrán que facturarle la atención, algo que Alí no se puede permitir. Angustiado acude al Instituto Nacional de la Seguridad Social para pedir que le tramiten la tarjeta sanitaria de su padre, pero allí le informan que al haber formado este parte de un proceso de reagrupación familiar se le presume que debe contar con seguro privado y por tanto no tiene derecho a la tarjeta.


“Nunca se entiende a una persona hasta que te calzas sus zapatos y caminas con ellos”. Así aleccionaba a su hija Atticus, el infatigable defensor de desfavorecidos en Matar a un ruiseñor. Todas aquellas personas que participaron en nuestro “juego” tuvieron la oportunidad de acercarse durante unos breves minutos a la realidad de la exclusión sanitaria. Por desgracia, para las mujeres y hombres detrás de cada una de las historias que allí se representaron – y de miles más con experiencias similares – su día a día no tiene nada de lúdico. Por todas ellas, porque la salud no es un juego sino un derecho humano, seguiremos exigiendo el fin de esta política injusta e inhumana y defendiendo una sanidad pública y universal para tod@s.

 

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